Santos de la Región, amor y convicción por Cristo

La region de los Altos de Jalisco (noreste del estado) fue testigo de dos grandes acontecimientos: La doctrina y trayectoria de dos sacerdotes que gracias a su fé y tenacidad continuaron hasta el último momento al servicio de su misión. Sin importar todas las adversidades que en aquel entonces representaba manifestarse católico practicante.

A la fecha los templos dónde yacen los restos de ambos personajes es socorrido por miles de creyentes año con año. Su santificación se debió no solo a su agonía heróica, sino a la cantidad de milagros que a sus fieles han concedido.

Quinta César - Toribio Romo González

Toribio Romo González

Nació en Santa Ana de Guadalupe, perteneciente a la parroquia de Jalostotitlán, Jal. (Diócesis de San Juan de los Lagos), el 16 de abril de 1900. Vicario con funciones de párroco en Tequila, Jal., (Arquidiócesis de Guadalajara). Sacerdote de corazón sensible, de oración asidua.

Apasionado de la Eucaristía pidió muchas veces: «Señor, no me dejes ni un día de mi vida sin decir la Misa, sin abrazarte en la Comunión».

En una Primera Comunión, al tener la sagrada Hostia en sus manos, dijo: «¿Y aceptarías mi sangre, Señor, que te ofrezco por la paz de la Iglesia?» Estando en Aguascalientes, un lugar cercano a Tequila que le servía de refugio y centro de su apostolado, quiso poner al corriente los libros parroquiales. Trabajó el viernes todo el día y toda la noche.

A las cinco de la mañana del sábado 25 de febrero de 1928, quiso celebrar la Eucaristía pero, sintiéndose muy cansado y con sueño prefirió dormir un poco para celebrar mejor. Apenas se había quedado dormido cuando un grupo de agraristas y soldados entraron en la habitación y cuando uno de ellos le señaló diciendo: «Ése es el cura, mátenlo», el Padre Toribio se despertó asustado, se incorporó y recibió una descarga. Herido y vacilante caminó un poco, una nueva descarga, por la espalda, cortó la vida del mártir y su sangre generosa enrojeció la tierra de esa barranca jalisciense.

Proceso de Canonización

Poco a poco, los fieles fueron llevando las reliquias que habían guardado con celo y aquellas que permanecían en el ataúd cuando lo exhumaron: la ropa que portaba Toribio cuando lo mataron, su escapulario, su Biblia y gotas de su sangre cuidadosamente guardadas en borlas de algodón.
A partir de ese momento comenzó a rendírsele culto en su iglesia y en la de Tequila. Casi de inmediato empezaron a endilgarle milagros. El hermano del Padre Toribio, Ramón Romo, también sacerdote, y otros familiares se encargaron de recopilar testimonios en unos cuadernitos que atesoraron por décadas con la esperanza de que sirvieran para canonizarlo.

A pesar de los numerosos milagros, el proceso de canonización duró años, debido a la complejidad del trámite.

Según el Concilio Vaticano II, “los discípulos de Cristo que pueden ser santificados han sido llamados no según sus obras, sino según el designio y la gracia de Dios”. Por lo mismo, las indagaciones tienen que ser muy precisas. Cada proceso de averiguación o de recogida de pruebas debe estar a cargo del obispo, previo permiso de la Santa Sede.

A ellos compete el derecho de investigar sobre la vida, virtudes, martirio, fama de santidad y milagros.
Para ello, primero se recaban documentos o escritos inéditos y se interroga a los testigos. Luego se elabora el examen de los milagros atribuidos y el de las virtudes y el martirio. Las investigaciones se envían por duplicado a la Comisión, junto con un ejemplar de los libros de cada Siervo de Dios, para que se lleve a cabo una relación del juicio y se envíe al Vaticano, donde proceden a la misma investigación de nueva cuenta.

Quinta César - Pedro Esqueda Rodríguez

Pedro Esqueda Rodríguez

Nació en San Juan de los Lagos, Jal. (Diócesis de San Juan de los Lagos), el 29 de abril de 1887. Vicario de San Juan de los Lagos. El ministerio al que se dedicó con verdadera pasión fue la catequesis de los niños. Fundó varios centros de estudio y una escuela para la formación de catequistas. Siempre fue muy devoto del Santísimo. En plena persecución organizaba a las familias para que no faltaran a la guardia perpetua a Jesús Sacramentado en casas particulares. Desde el momento de ser apresado fue tan duramente golpeado, que se le abrió una herida en la cara. Un militar, después de golpearlo, le dijo: «Ahora ya has de estar arrepentido de ser cura»; a lo que contestó dulcemente el padre Pedro: «No, ni un momento, y poco me falta para ver el cielo».

El 22 de noviembre de 1927 fue sacado de su prisión para ser ejecutado; los niños le rodearon y el Padre Esqueda insistentemente le repitió a un pequeño que caminaba junto a él: «No dejes de estudiar el catecismo, ni dejes la doctrina cristiana para nada». Y en un pedazo de papel escribió sus últimas recomendaciones para las catequistas. Al llegar a las afueras del poblado de Teocaltitlán, Jal., le dispararon tres balas que cambiaron su vida terrena por la eterna.

“Dios me trajo y Dios sabrá”, eran palabras del párroco de San Juan de los Lagos cuando los vecinos del lugar y su propia familia le advertían que corría peligro y que podía ser localizado por las fuerzas federales.

Esto sucedió luego de que muchos católicos del lugar, de manera espontánea, constituyeron grupos de resistencia al recibir la noticia de que se suspendería el culto público en todas las iglesias de México a partir del 1° de agosto de 1926.

Ante el riesgo de perder la vida, los sacerdotes domiciliados en San Juan de los Lagos, se diseminaron por distintos lugares. El párroco Esqueda, sin embargo, se ocultó sin salir de la población para hacerse cargo de la cura de almas de quienes requirieron sus servicios, ejerciendo celosamente su ministerio sacerdotal dentro y fuera de ese territorio.

A partir de entonces, llevó siempre consigo, como único tesoro, al Santísimo Sacramento. En noviembre de 1927 se refugió en Jalostotitlán; transcurridos algunos días, decidió volver a San Juan de los Lagos hospedándose en el hogar de la familia Macías, en donde junto a la cama, se había practicado una cavidad en el piso lo suficientemente grande para ocultarlo junto con los ornamentos, vasos sagrados y el archivo parroquial.

Oriundo de San Juan de los Lagos, a la mañana siguiente celebró la misa con mucho fervor; concluido el desayuno entonó a media voz unos cánticos al Sagrado Corazón de Jesús; su semblante irradiaba alegría. Avanzada la mañana, una de las hermanas del padre Esqueda llegó al refugio a advertir que en esos momentos un grupo de soldados sitiaba la finca. Apenas hubo tiempo para que el sacerdote se deslizara al escondite, el cual fue cubierto con unas tablas, disimuladas con una alfombra; pero fue finalmente descubierto y el padre fue llevado a la casa del abad de la colegiatura de Nuestra Señora de San Juan, convertida en cuartel, lo encerraron en un cuarto pequeño, oscuro e incomunicado, donde permaneció cuatro días, durante los cuales fue flagelado en repetidas ocasiones.

Para aumentar la aflicción del sacerdote, los soldados profanaron, en su presencia, los vasos y ornamentos sagrados. La mañana del 22 de noviembre, la tropa a cargo del coronel Santoyo, movilizada al municipio de San Miguel el Alto, llevó consigo al reo sacándolo a golpes, uno de los cuales lo hizo rodar por una escalinata hasta el suelo, fracturándose en la caída el brazo derecho.

A la mitad del día llegaron a Teocaltitán y el coronel Santoyo dispuso que el mártir, colocado encima de la postura, fuera quemado vivo. Le ordenó subir al mezquite, pero lo impidió la fractura del brazo; muy irritado, el coronel lo colmó de injurias, desenfundó su pistola y disparó sobre él hasta provocarle la muerte. Allí mismo abandonaron el cadáver.

Reconocida su identidad, los vecinos de Teocaltitlán velaron el cadáver, en el salón de la escuela, y al día siguiente le dieron sepultura.

En noviembre de 1938, los restos fueron colocados en San Juan de los Lagos y en 1966 removidos al presbiterio, donde se colocó una placa con esta inscripción: “Presbítero Pedro Esqueda, sacrificado el 22 de noviembre de 1927”.